Para aquellos que seáis ajenos a esta campaña de igualdad, en la universidad de Zaragoza, desde su Vicerrectorado de Relaciones Institucionales y Comunicación, se ha creado un
Observatorio de Igualdad de Género cuyo eslogan es "Nombrar en femenino es posible".

No sé a ti, pero a mi me da que pensar. Nombrar en femenino es ciertamente posible, pero teniendo en cuenta que el género de las palabras es algo completamente distingo al sexo
de las personas, pretender que las ideas estén representadas por palabras de ambos géneros me resulta similar a pintar la mitad de las fachadas de rosa porque este color es
representativo de la sexualidad femenina.
En ambos casos se asocia la sexualidad de las personas con una realidad cualquiera. Ver discriminación en las palabras, en lugar de en las personas que las pronuncian, lleva a
dedicar los recursos a luchar contra un enemigo inexistente. Ni tú ni yo veríamos correcto que en nuestro idioma se utilizasen palabras diferentes cuando hablásemos de, por
ejemplo, personas negras.
Pero no es este el tema central de mi post, que podría ser fruto de otro debate completamente distinto. Aunque por mi parte no tengo ningún inconveniente en que en aquellos casos donde sea más práctico utilizar sólo una palabra de un género (insisto en que el género de las palabras es por suerte algo muy distinto al de las personas), se utilice el género femenino. Sólo pido practicidad; sería un inconveniente tener que remodelar a prisa y corriendo nuestro idioma para satisfacer este fin.
Por el contrario la clave de mi crítica se basa en la observación del entorno social que nos rodea. Todos somos conscientes de muchos casos de discriminación. Dejaré a un lado los casos individuales, ciertamente muy importantes pero distintos a este asunto, para centrarme en las discriminaciones de grupo como las que hoy en día afectan a las mujeres.
No hay que observar con mucho detenimiento para percibir discriminaciones hacia personas de otras razas, obesas o si me permite incluso rubias. Y la clave está en pensar ¿cómo vencen su discriminación estos grupos? Yo tengo una respuesta sencilla; mezclándose con los demás.
Me atrevería a decir que nunca te has planteado realmente si las personas rubias son iguales al resto de las personas. ¿Y por qué? Por que realmente las consideras iguales que los demás. Por esa razón no los observas como un grupo independiente.

Todos los casos donde la igualdad es una realidad se basan en la integración. Donde el color de piel no es un problema no se habla de negros, blancos o amarillos, sino de personas. O altos y bajos. O gordos y flacos. Sin embargo seguimos intentando igualar a hombres y mujeres separándolos en grupos distintos.
La segregación de un determinado grupo, ya sea real o sólo existente en nuestra imaginación, lleva irremediablemente a la desigualdad, por muy buenas sean las intenciones.
Atendiendo a la naturaleza de nuestra mentalidad como seres humanos, la evolución nos ha llevado a crear grupos para diferenciarnos de nuestros competidores y enemigos. Y sin embargo, sintiéndonos iguales a nuestros compañeros somos capaces de respetar al mismo tiempo nuestra individualidad; sentimos que somos únicos.
Por esto tengo la firme convicción de que la igualdad entre hombres y mujeres pasa necesariamente por hablar de personas. Cada una de ellas única, especial, y definida por miles de matices, donde la altura, el color de piel, el sexo, la timidez, la iniciativa o la sensibilidad nos definen como individuo, no como grupo.
Y es que es necesario mantener un equilibrio entre igualdad y unicidad. Todos nos sentimos diferentes al resto, es algo innato a nuestra forma de pensar, y sin embargo el éxito es consideramos iguales. Seguir trabajando en separarnos en grupos para pretender vernos como equivalentes es no entender cómo pensamos las personas.
Yo no me siento varón, ni hombre, ni chico; yo me siento persona, y así trato de sentir a los demás. ¿Somos hombres y mujeres? ¿O somos personas?
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